Una vez en mi hogar hubo un pesebre. Una vez cuando el reír era diáfano y los sueños más claros. El jugar era un juego y el hablar un soneto de amor. El hogar era tibio y la esperanza era posibilidad. La pasión se respiraba en el aire y siempre existía una historia ansiando verterse en la rutina del día. La navidad era fiesta y el compartir era luz. Cuando risas pequeñas llenas de inocencia debatían travesuras curiosas en busca de desenmascarar a Santa Claus. Época de largas listas de sueños y antojos pegados en la puerta de la nevera. Cuando hasta la tensión de las compras terminaba en alegría, los niños a la cama con un guiño quimérico y al final de la noche nuestra agitación se convertía en pasión encendida.
Cuando elegir el árbol navideño, situarlo y decorarlo era una ceremonia armoniosa y hasta el aroma del pino real tenia sentido. Etapa de intentos de tradición. Momentos de añoranza. Temporada de aprender a ser padres buscando referencia en patrones inexactos. Sintiéndonos triunfantes y especiales, capaz de darlo todo por la certeza de un futuro excepcional y maravilloso.
Cada adquisición tenia significado, cada mirada tenia alcance. Los abrazos eran interminables y los planes promisorios. El café, el asado, las frutas, la decoración, la nieve, el frió, el sentido todo era vivo, y espontáneo. Si recuerdo con nostalgia el pesebre de mi casa.

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